17 de octubre de 2010

Contra el Cambio [ Martín Caparrós]


Extracto de Contra el Cambio Capítulo 5 Sidney [autor Martín Caparrós]

(...) el negocio del carbon offset, que hace diez años no existía, ya mueve más de 120.000 millones anuales, y crece sin parar: si se regulan las emisiones en Estados Unidos, Fortune calcula que el mercado llegará a un billón en castellano –un millón de millones, 1.000.000.000.000– de dólares en 2020. La clave del comercio es simple: los acuerdos internacionales basados en Kioto determinan cuánto gas de efecto invernadero puede mandar a la atmósfera cada país, y los gobiernos de los países ricos reparten esa cuota nacional entre sus empresas. Entonces las que prefieren emitir más gas para seguir haciendo sus negocios compran «créditos de carbono»: derecho a polucionar que les venden las empresas y comunidades que no llegan a usar toda su cuota. En teoría, esto sirve para que las compañías que se preocupan por reducir sus emisiones –moderando su consumo, modernizando sus equipos– reciban algún beneficio; en la práctica, las empresas despilfarrantes suelen comprar sus créditos a las nuevas compañías especializadas que los consiguen a través de supuestas inversiones verdes en el tercer mundo. (...)

La religión del cambio climático tiene, como todas ellas, sus evangelistas, sus sacerdotes, sus feligreses, sus recaudadores. Que lo hacen, por supuesto, por el bien del planeta.

El green business explota y se extiende como mancha de petróleo –con perdón. En las góndolas de los mejores supermercados de Occidente, las nuevas comidas respetuosas del planeta –las orgánicas de estos días temerosos– son las que se preocupan por su huella de carbono: los productos más cool, los más ecololós anuncian en sus etiquetas su parte en las emisiones de gases para que el comprador consciente pueda comparar y comprar el que menos emite o, por lo menos, el que paga por eso. Los compradores, por supuesto, conocen el juego y saben que la pureza cuesta algún dólar o algún euro de más, pero lo hacen con gusto. (...)

Funda fabricada, a mano, de bambú, material sostenible y verde, para iPhone, con certificación de FSC (¿ecololó?). Fuente imagen iPhone

La relación entre comida y cambio climático se manifiesta, también, de un modo inesperado. Consumidores occidentales conscientes preocupados juran que la comida local es mejor porque, al viajar menos, gasta menos «millas alimenticias» en su transporte –sin tomar en cuenta cantidad de otros factores que pueden hacerla mucho más dañina para el aire. Algún investigador con tiempo y fondos midió, por ejemplo, que un cordero criado en Nueva Zelanda y enviado a Gran Bretaña por barco «cuesta» cuatro veces menos CO2 que un auténtico cordero inglés –con su salsa de menta congénita– porque las pasturas kiwis requieren mucho menos fertilizante y su energía es mayormente hidroeléctrica, por ejemplo. O que importar verduras desde el tercer mundo a Europa suele costar menos carbono que producirlas in situ, porque las verduras pobres se cultivan con mucho menos gasto en combustible, fertilizantes y sistemas de irrigación.

Y un estudio reciente explica que, del total de emisiones producidas por los alimentos consumidos en Estados Unidos, sólo un 11 por ciento corresponde a su transporte hasta el consumidor; todo el resto se va en insumos para la producción. Y que, en realidad, lo que produce diferencias importantes no es de dónde viene una comida sino qué es esa comida: que no hay nada más caro en emisiones que la carne de vaca, por ejemplo, porque las vacas gastan fortunas en pastos y piensos. O sea: que si unimos estos datos con los pedos y eructos vacunos, pocas agresiones peores podemos infligirle a la estratosfera, en nuestro triste nivel individual, que comernos un bife. Pero, más allá de cualquier matiz, la moda se sostiene y ya tiene incluso nombre propio: los «locávoros» son los que comen sólo lo que crece en los alrededores so pretexto de reducir gases. El problema es que todo carboniza: mirar la tele tres horas al día produce 250 kilos de CO2 al año, aumentar un grado la temperatura de la calefacción de una casa es media tonelada, usar regularmente un coche casi tres. (...)

Código alfanumérico- El primer número indica cómo ha sido criada la gallina (¿?). Fuente imagen huevo

Pero la culpa se difumina, se reparte. Todos somos culpables. Moral, insisto: moral judeocristiana del pecado. Lo cual, por supuesto, no implica que no estemos haciendo tonterías; la cuestión es cómo se definen, cómo se encaran, quién es responsable, quién debe pagar qué, cómo se solucionan.

El green business explota y ya lo están copando los grandes jugadores, las finanzas globales, los dueños de este mundo. Un ejemplo reciente: los hornitos africanos mejorados con certificados ecológicos. (...) J. P. Morgan –la famosa Banca Morgan, quintaesencia del capitalismo americano– tiene un plan para distribuir diez millones de hornitos ecololó en Kenia, Uganda, Ghana y un par más. Cada horno les cuesta unos cinco dólares; se supone que cada horno reduce las emisiones en dos o tres toneladas por año; cada tonelada menos es un crédito de carbono, que la Banca Morgan puede vender entre 10 y 15 dólares en el nuevo mercado internacional, o sea: con una inversión inicial de 50 millones conseguirán entre 200 y 450 millones de dólares anuales. Y encima pueden decir que ayudaron a esa pobre gente. Que es su meta en la vida.

Mientras, ya aparecen quejas, aquí y allá, en países pobres, sobre fábricas que basan su rentabilidad en haber reducido –o aparentemente reducido– su emisión de gases pero que en realidad no lo hacen –y sobornan a los auditores encargados de certificarlas– o lo hacen y polucionan de otros modos, envenenando las aguas por ejemplo, o lo hacen y no producen mucho más que su ingreso por vender los créditos. En poco tiempo, los créditos de carbono pueden convertirse en un gran deformador de las economías subdesarrolladas, en otra forma de corrupción institucionalizada. Y, también, en uno de los mayores esquemas de especulación financiera global: otro negocio improductivo extraordinario, burbuja subprime verde.

Fab Lab House, produce más energía que la que consume.

Pero el gran negocio, como siempre, necesita a América para ser realmente grande. En Estados Unidos, por ahora, las empresas que compran créditos de carbono para compensar sus emisiones lo hacen por relaciones públicas, porque queda bonito y les permite presentarse como buena gente y vender más. Pero si el gobierno de Obama finalmente regula sus emisiones de gases invernadero, todas tendrán que hacerlo y las financieras que ya empezaron a invertir en el mercado del carbono van a ganar miles de millones de dólares adicionales –por el aumento en la demanda y la suba de los precios. Por supuesto, otras van a perder: las grandes contaminadoras se defienden como gato panza arriba y tienen, para apoyarlas, buena parte del establishment político de Washington: una pelea sin cuartel entre fracciones del gran capital americano. En cualquier caso Al Gore, que solía presentarse diciendo «yo solía ser el próximo presidente de los Estados Unidos», tiene un gran futuro por delante. Y un presente bastante extraordinario.

Al Gore es el gran lobbysta de la lucha contra el cambio climático: un cardenal que no puede ser Papa pero sí secretario de Estado o camarlengo –y recaudar en el camino a cuatro manos.
En 2000, cuando consiguió perder aquellas elecciones, Gore declaró una fortuna de menos de dos millones de dólares. Ahora, después de diez años de campaña contra el cambio, sus bienes andan por los cien millones. Además de cobrar decenas de miles por esa conferencia que ya repitió más de mil veces, Gore participa en el directorio o es accionista de una cantidad de empresas exitosas; muchas de ellas están relacionadas con su militancia: energías renovables y créditos de carbono, sobre todo. En 2007 le dijo a Fortune que a través de su empresa Generation Investment Management pensaba ayudar a una transformación social «mayor que la Revolución Industrial, y mucho más rápida»: la conversión del mercado global de energía, que vale unos seis billones de dólares, «para contener el calentamiento global» a través de tecnologías limpias, verdes, sustentables –y, también, por qué no, nucleares.


Phillips Light Blossom, farolas ecológicas (¿precio?). Fuente vídeo farola

Suena como un combate de proporciones épicas: algo parecido a la gran batalla que, a fines del siglo XIX, enfrentó a Gran Bretaña y los Estados Unidos, a lo ancho del tablero mundial, por otro predominio energético. Entonces, el carbón era inglés y el petróleo americano y, en todas las provincias, el imperio saliente y el entrante disputaban cada espacio donde imponer su energía y la maquinaria que la usaba. Sucedió en la Argentina, por ejemplo, donde los intereses ingleses en los ferrocarriles propulsados a carbón demoraron varias décadas la explotación del petróleo.
Al Gore se presenta como el líder del combate. A los que lo acusan de transformar sus convicciones en millones, les pregunta si tiene algo malo poner tu dinero donde tienes tus ideas. Es lo mismo que hacen, dijo hace poco el New York Times, otros políticos que intentan que su gobierno sostenga políticas verdes, como la jefa demócrata en el Congreso Nancy Pelosi y Robert Kennedy Jr., que explican que la única forma de conseguir que las emisiones se reduzcan es aplicarle las famosas fuerzas del mercado: que los que contaminen paguen, que los que no contamine cobren. Y, de paso, que los intermediarios financieros ganen más y más. En síntesis: tratar el problema según el mismo modelo que creó ese problema, entre tantos otros; el mismo modelo que también produce el hambre de millones. Hace muy poco un socio de Al Gore en una de estas nuevas empresas verdes, Capricorn Investment Group, lo dijo tan clarito: «Nuestro objetivo es hacer más dinero que los demás de un modo que los supera en impacto y en ética.»
El negocio perfecto. Que será, de nuevo, mucho más perfecto –miles de millones más perfecto– si su gobierno regula las emisiones de CO2 en Estados Unidos, la causa a la que Al Gore dedica tanto esfuerzo, militancia tan esperanzada.

Un sábado hace tres meses, en medio de una ola de calor y una sequía espantosas, una serie de fuegos estalló en una zona boscosa de la provincia australiana de Victoria: los incendios duraron semanas, quemaron más de dos mil casas y mataron a 173 personas. En la misma época y no muy lejos, en Queensland, inundaciones causadas por las lluvias produjeron cientos de millones en pérdidas. Los medios y las víctimas culparon al calentamiento global por los dos fenómenos –y es probable que tuvieran razón. (...)

Fuente /extracto/ Contra el Cambio: Capítulo 5 Sidney (Martín Caparrós)
www.rollingstone.com.ar/1311812-martin-caparros---contra-el-cambio


Otros fragmentos del libro Contra el Cambio: www.yellmagazine.com.ar/2010/09/contra-el-cambio-de-martin-caparros/