9 de septiembre de 2010

Historia de un Sobretodo [Rubén Darío]



Es el invierno de 1887, en Valparaíso. (...) Mucho dependiente del comercio, mucho corredor, va que vuela, enfundado en su sobretodo. Hace un frío que muerde hasta los huesos. Los cocheros pasan rápidos, con sus ponchos listados; y con el cigarro en la boca, al abrigo de sus gabanes de pieles, despaciosos, satisfechos, bien enguantados, los señorones, los banqueros de la calle Prat, rentistas obesos, propietarios, jugadores de bolsa. Yo voy tiritando bajo mi chaqueta de verano, sufriendo el encarnizamiento del aire helado que reconoce en mi a un hijo del trópico.
Acabo de salir de la casa de mi amigo Poirier, contento, porque ayer tarde he cobrado mi sueldo de El Heraldo, que me ha pagado Enrique Valdés Vergara, un hombrecito firme y terco... Poirier, sonriente, me ha dicho mirándome a través de sus espejuelos de oro: "Mi amigo, lo primero ¡comprarse un sobretodo!" Ya lo creo. Bien me impulsa a ello la mañana opaca que enturbia un sol perezoso, el vientecillo que viene del mar, cuyo horizonte está borrado por una tupida bruma gris.

He allí un almacén de ropa hecha. ¿Qué me importa que no lleve mi sobretodo la marca de Pinaud? (...) Pago, pido la vuelta, me pongo frente a un gran espejo el ulster, que adquiere mayor valor en compañía de mi sombrero de pelo, y salgo a la calle más orgulloso que el príncipe de un feliz y hermoso cuento.

¡Ah, cuán larga sería la narración detallada de las aventuras de aquel sobretodo! El conoció desde el palacio de la Moneda hasta los arrabales de Santiago; el noctambuleó en las invernales noches santiaguesas, cuando las pulmonías estoquean al trasnochador descuidado; el cenó "chez" Brinck, donde los pilares del café parecen gigantescas salchichas, y donde el mostrador se asemeja a una joya de plata; el conoció de cerca de un gallardo borbón, a un gran criminal, a una gran trágica; el oyó la voz y vio el rostro del infeliz y esforzado Balmaceda.

Al compás de los alegres tamborileos que sobre mesas y cajas hacen las "cantoras", el gustó, a son de arpa y guitarra, de las cuencas que animan al roto, cuando la chicha hierve y provoca en los "potrillos" cristalinos, que pasan de mano en mano. Y cuando el horrible y aterrador cólera morbo envenenaba el país chileno, el vio, en las noches solitarias y trágicas, las carretas de las ambulancias, que iban cargadas de cadáveres. (...)

Y un día, ¡ay! su dueño, ingrato, lo regaló.

Sí, fui muy cruel con quien me había acompañado tanto tiempo. Ved la historia. Me visitaba en la Ciudad de Pedro de Alvarado un joven amigo de las letras, inteligente, burlón, brillante, insoportable, que adoraba a Antonio de Valbuena, que tenía buenas dotes artísticas, y que se atrajo todas mis antipatías por dos artículos que publicó, uno contra Gutiérrez Nájera y otro contra Francisco Gavidia. El muchacho se llamaba Enrique Gómez Carrillo y tenía costumbre de llegar a mi hotel a alborotarme la bilis con sus juicios atrevidos y romos y sus risitas molestas. Pero yo le quería, y comprendía bien que en él había tela para un buen escritor. Un día llegó y me dijo: -"Me voy para París" -"Me alegro. Usted hará más que las recuas de estúpidos que suelen enviar nuestros gobiernos." Prosiguió el charloteo. Cuando nos despedimos, Enrique iba ya pavoneándose con el ulster de la calle del Cabo.

(...) Valparaíso ha visto el triunfo de los revolucionarios; y quizá el dueño de la tienda de ropa hecha, en donde compré mi sobretodo, que era un excelente francés, está hoy reclamando daños y perjuicios. ¿Y el ulster? Allá voy. ¿Conocéis el nombre del gran poeta Paul Verlaine, el de los Poemas Saturninos? Zola, Anatolio France, Julio Lemaitre, son apasionados suyos.

(...) Pues bien, en una de sus cartas, me escribe Gómez Carrillo esta postdata: "¿Sabe usted a quién le sirve hoy su sobretodo? A Paul Verlaine, al poeta... Yo se lo regalé a Alejandro Sawa -el prolonguista de López Bago, que vive en París- y él se lo dio a Paul Verlaine. ¡Dichoso sobretodo!

Sí, muy dichoso; pues del poder de un pobre escritor americano, ha ascendido al de un glorioso excéntrico, que aunque cambie de hospital todos los días, es uno de los más grandes poetas de Francia.